Reflexión pedagógica del contexto

Paulo Freire señalaba que: “Una unidad epocal se caracteriza por el conjunto de ideas, concepciones, esperanzas, dudas, valores, desafíos en interacción dialéctica con sus contrarios, en la búsqueda de la plenitud. La representación concreta de muchas de estas ideas, de estos valores, de estas concepciones y esperanzas, así como los obstáculos  (…), constituyen los temas de la época.”

En una “unidad epocal” se socializa y  se le da credibilidad al orden social, a ideas, concepciones de vida y valores que  generan e instalan transiciones, cambios, conflictos, rupturas y desafíos que se constituyen en referentes y contenidos configuradores de las propuestas pedagógicas.

Ante las exigencias, que presenta una “unidad epocal”, se hacen necesarias reformulaciones y reconceptualizaciones que faciliten encontrar, dar sentido y proponer acciones pertinentes en el ámbito de la pedagogía social; cuyo objetivo teórico/práctico  es, entre otros, desarrollar las potencialidades  y oportunidades educativas de la cultura, la vida cotidiana y de los individuos para enfrentar, desde una opción ético-política, las condiciones  de construcción y reproducción de la sociedad.  

En este orden de ideas es necesario reconocer que la exclusión, riesgo y vulnerabilidad social, son rasgos que parecen identificar alguna de las caras de la época; donde la hegemonía del  mercado, la economía abierta al mundo y la lógica neoliberal asumida por el estado,   que aunada al deterioro del cumplimiento de sus funciones, provoca cambios políticos, económicos, sociales, culturales y ambientales, que afectan a individuos, grupos, organizaciones sociales e instituciones, alterando valores y dejando expuestos a la inseguridad e indefensión a amplios sectores de población, entre ellos a los jóvenes.

Los procesos de globalización, reestructuración económica, reformas del Estado, apertura del mercado financiero, crecimiento del desempleo e incremento de la tercerización,  dan cuenta de un modelo de desarrollo que no se conmueve ante la carencia de los elementos  esenciales y de las herramientas necesarias  para el sustento en amplios sectores de la población,   comprometiendo el presente,  al debilitar la subsistencia y despedazar las redes sociales e implicando en ello la suerte de las generaciones futuras.

A esta condición de involucrados, de convidados a lo peor de la fiesta, de no ser, ni tener lo suficientemente, la denominamos vulnerabilidad social. Se la puede entender también como esa condición social que desequilibra e inhabilita a grupos humanos en el presente porque los somete a un futuro incierto e inseguro. Cuando  hablamos de esta condición estamos haciendo también referencia al deterioro de los vínculos relacionales que se traduce en un alejamiento de la vida pública sin  presencia y reconocimiento político que les permita cierto grado de influencia social. Hoy, amplios sectores de la población están en situación de perder sus acumulados y su potencial  participación en uno o varios ámbitos y dinámicas de la  vida social, económica, cultural  y política.

En pleno siglo XXI, en el país, existen  personas, muchas de ellas jóvenes, que  carecen de las posibilidades para sostenerse y desarrollarse como tales, presentando condiciones de fragilidad, de riesgo y de dificultad porque se los viene  inhabilitando como sujetos, de manera sistemática, en el presente y para su futuro. Son grupos a los que se les niega participación y presencia justa y digna en los procesos de satisfacción de sus necesidades humanas -en tanto subsistencia y condiciones dignas de vida.

Exclusión, vulnerabilidad, y riesgo social son,  entonces, tres categorías  que permiten dar cuenta de las realidades sociales de la “unidad epocal” actual, mostrando el funcionamiento bizarro de la sociedad y  no sólo de la trayectoria problemática, equivoca o perturbada de unos individuos. Detrás de todo excluido existen acciones de exclusión o de expulsión, o sea  prácticas intencionadas por actores involucrados en los fenómenos de inequidad. Estos tres conceptos, que objetivan realidades sociales, también permiten concebir los desafíos y  efectos que pueden caracterizar posibles escenarios de futuro, dando cuenta del lugar que ocuparán  las personas, en especial las nuevas generaciones de los sectores marginados.

Lo humano, hoy, se levanta sobre los escombros de las viejas certezas y valores, hacerse persona, en los actuales contextos, es  una cuestión que tiene que ver con condiciones, recursos, capacidades, derechos y responsabilidades y éstos están distribuidos en forma desigual. Lo peor es que la negación de lo humano, sus potencialidades y posibilidades de constituirse y ser tratados como tales  viene siendo argumentado con discursos capaces de justificar la desigualdad y exclusión. Es así como la negación de la sobrevivencia y la clausura de la trascendencia humana son sustentadas y defendidas por mecanismos de  vigilancia, represión, control social expreso en las limitaciones de acceso y apropiación del conocimiento, la información y en las barreras en  la participación política de sectores sociales discriminados, empobrecidos o generacionalmente sometidos (niños, jóvenes, ancianos) . Así se silencia lo diferente y  se naturaliza la desigualdad social. 

El modelo socio – económico en el que vivimos, para mantenerse, necesariamente agencia una práctica educativa y un pensamiento pedagógico capaz de parasitar en las dinámicas cotidianas de socialización,  buscando producir unas subjetividades sometidas, convencidas de que nada puede ser y hacerse distinto,  persuadidas de que las cosas son y serán así o peor;  por eso, es mejor no alterar el actual estado de cosas, el modo normal y correcto con el que funciona la sociedad. Así se imponen unos modos pedagógicos en los que se aprende a desproblematizar el futuro y a negar el sueño, la utopía y la esperanza.

Frente al contexto deshumanizante, tanto la pedagogía como disciplina y construcción social como el pedagogo,  tienen que optar  o, por crear salidas recreando, fortaleciendo o afianzando procesos de democratización, justicia y dignidad o por el contrario le hacen el juego a la reproducción consciente o inconciente de los modelos existentes y trabajan para fortalecerlos teórica y operativamente.

Además, es necesario dejar en claro, que cuando se aborda lo educativo en la sociedad no es posible hacerlo desde una supuesta “neutralidad valórica”, que como diría Paulo Freire, este es  un asunto en el que: “no se puede ser un hombre neutro frente a la deshumanización o a la humanización, frente a la permanencia de lo que no representa los caminos de lo humano o el cambio de estos caminos” (FREIRE, 1976,16) Aceptar lo anterior nos pone en una disposición de levantar nuestro discurso frente a posturas deterministas, fatalistas o portadoras de anuncios que proclaman el fin de la acción creadora y transformadora de hombres y mujeres. 

Es necesario, entonces, reconocer los contextos, las prácticas de educación social y el pensamiento pedagógico agenciado y promovido por un modelo social y económico que   va tras  mantener y fortalecer procesos de deshumanización. La educación social, la pedagogía y el pedagogo social enmarcados en un paradigma crítico y humanista requieren  leer y enumerar los retos del contexto, identificar las problemáticas  individuales y colectivas de la posible población a ser atendida; pero no puede quedarse allí, es necesario que identifique y desnaturalice el modelo que funda la injusticia y la deshumanización como condición de progreso y que desenmascare la pedagogía que agencia implícita (oculta) o explícitamente (visible) la producción de subjetividades  sometidas, enajenadas  – que no se reconocen como sujetos de producción cultural – y alienadas – que no se reconocen como sujetos de decisión política -.

Esta es una reflexión olvidada. No se asumen rigurosamente como objetos de reflexión  crítica los fundamentos, concepciones y lógicas pedagógicas de un sistema capaz de adiestrar por y en la exclusión, que acondiciona en la deshumanización, minando la dignidad y la esperanza de las personas.

La tarea de la pedagogía social crítica y del educador es presentar propuestas alternativas que develen, interpelen y confronten las actuales dinámicas de educación social, buscando que penetren en las tramas que enlazan  los diferentes acontecimientos, prácticas y sueños de la personas en la vida cotidiana; que pernee el corazón de los individuos, en sus maneras de percibir y de articularse al tejido social.

Para los pedagogos sociales críticos hoy es una exigencia el comprometerse con el desarrollo y la cualificación de una práctica educativa orientada a producir cambios en las personas, en sus interacciones  y en sus contextos, desde una opción paradigmática, ética y política, que la sitúe críticamente en  las exclusiones, vulneraciones, potencialidades  y oportunidades de los individuos y de sus redes sociales. “El mismo hecho de que  la persona sea capaz de reconocer hasta  que punto  está condicionada o influida  por las estructuras económicas la hace capaz  también de intervenir en la realidad condicionante. O sea, saberse condicionada y no fatalísticamente sometida a este o a aquel destino, abre el camino de su intervención en el mundo.” (FREIRE, 2001, 67)

 

En el anterior marco ético, político y epistémico la pedagogía y el pedagogo social crítico fundamentan propuestas, procesos y acciones educativas que apuntan a desarrollar las potencialidades  y oportunidades formativas presentes en la vida cotidiana, buscando restablecer los vínculos relacionales  que integran sujetos y colectivos a vida política y pública, movilizando participación, presencia creadora y el reconocimiento  de los acumulados culturales e históricos que son referentes necesarios a la hora de enfrentar problemas  de vulnerabilidad y riesgo social.

El pedagogo y sus prácticas de educación social se enfrentan  también, como todos, a la crisis de certezas y valores institucionalizados; por ello  requiere entonces, reflexionar y actuar en un contexto, en el que hacerse persona implica generar condiciones, gestionar recursos, desarrollar capacidades, conocer y ejercer los derechos y  aprender a asumir responsabilidades sociales en solidaridad y reciprocidad. La conformación de subjetividades mediada por prácticas de educación social necesita refundamentar y rediseñar ambientes educativos, en los que las personas, reconozcan sus potencialidades y posibilidades de constituirse y ser tratados como humanos dignos, para que sea imposible justificar social, económica y políticamente la desigualdad y  la exclusión.

Por ello es que el educador y las propuestas de pedagogía social crítica tienen que ponerse a crear y trabajar teórica, metodológica y prácticamente en tres planos: el primero, tiene que ver con el proceso educativo como reconocimiento, comprensión y superación creativa de las condiciones objetivas que niegan la vida digna, o sea  ruptura con la falta de conciencia histórica, el fatalismo y naturalización del modelo socioeconómico vigente; el segundo es el que opera de manera reflexiva, crítica  y creativa en los procesos de producción de subjetividades individuales y colectivas, que impiden a las personas crear salidas solidarias, llevándolas a la inmovilidad, apatía y a la fragmentación social y, el tercer  plano está ligado al restablecimiento de la trascendencia humana en los procesos de conformación de sujetos, entendiendo esto como el reencuentro con la esperanza y el redescubrimiento del deseo de ser constructores de un futuro distinto, en dignidad, justicia y solidaridad.

About Pedagogia del Excluido

Docente investigador, educador.
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