SOLIDARIDAD Como itinerario del quehacer pedagógico.

Desde la antigüedad la conocemos, proclamamos y demandamos como fraternidad apelando la fe o a nuestra condición hijos de un mismo padre. Hoy la nombrada,  reprimida y silenciada solidaridad constituye una versión secularizada del valor fraternidad. Algo se gana y algo se pierde en esta  resignificación, que permite nombrar las prácticas e interacciones de muchos humanos cuando quieren o demandan resolver sus problemas desde la reciprocidad, la corresponsabilidad, la  cohesión y la correspondencia.

 Para muchos la solidaridad tiene una significación en el mundo cercano  de lo conocido,  de lo cotidiano.  Pero las prácticas solidarias se hacen más  precarias, esquivas y escurridizas cuando van más allá de lo filial o fraterno; cobrando una connotación de riesgo por lo incierto, lo extraño e inseguro  de la interacción y de sus imprevisibles resultados. La solidaridad es un valor cuando supera el sentimiento de grupo,  la lealtad de cuerpo, la actuación corporativa. La solidaridad sólo se evidencia, si las actuaciones van más allá de los intereses particulares  de un grupo de personas y esto genera tensiones.

 Así todo, los seres humanos buscamos ser reconocidos, valorados, lo que exige ponernos en el lugar de los otros y en una relación caracterizada por la reciprocidad; aunque hoy el sistema socioeconómico nos propone establecer distancias entre las personas para no quedar comprometidos, por ello las prácticas solidarias se caracterizan por ser estratégicas, cautelosas y momentáneas.

 Es por esto que la exclusión, la injusticia resuenan débilmente en las personas y no sentir esa resonancia indica una distancia máxima  y una solidaridad mínima, en la que los otros no llegan a ser reconocidos. En los medios de comunicación, la red de códigos generados enmascara la significación política de la solidaridad al plantearla de manera ingenua o como solución caritativa a la desigualdad y miseria, justificando la renuncia al proceso de construcción de una sociedad más justa, digna y humana al desproblematizar y naturalizar las condiciones de injusticia.

 La solidaridad indignada,   radical, no es  anunciada en campañas  publicitarias o promovida  por los grandes monopolios financieros; porque  posee un valor transformador al enfrentar  las lógicas individualistas, consumistas y destructivas sobre las que está montado el sistema social, político y económico.

 La globalización no es sinónimo de un mundo solidario, lo estamos viendo con los tratados de libre comercio. Plantear el tema de la solidaridad en el centro estructurante de lo social  es “estimular y posibilitar en las más diversas circunstancias la capacidad de intervención en el mundo y nunca lo contrario, el cruzarse de brazos ante los desafíos”[1] . Es proponer un modo de actuación distinta, capaz de enfrentar la exclusión; apropiado para reconstruir las redes de cooperación y de comunicación social.


[1] FREIRE PAULO  Pedagogía de la indignación Madrid, Morata; 2001.  p. 7

About Pedagogia del Excluido

Docente investigador, educador.
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